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Rodrigo Rato,

  • En la noche de los muertos vivientes, la madre de Caperucita la Coja le habló tiernamente a su hija:

     “¡Escucha hija! nos han quitado la ayuda a la dependencia y la abuelita está sola en casa. Vete cojeando como puedas y llévale la cestita con comida, que ahora por rebuscar en la basura le multan”.

    “Pero mamá,-respondió Caperucita compungida- se va a hacer de noche y me da miedo la oscuridad”.

    “Hija, si no le llevas la cesta la abuelita no nos ayudará con su pensión y yo tengo que ir a buscar trabajo.  Vete por el bosque y aléjate del cementerio; ¡verás como llegas enseguida!”

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    Todas las libertades que dábamos por sentadas en la época de los 90, como el derecho al aborto, a salir a la calle hasta las tantas, a la manifestación, a la libertad sexual y al divorcio han intentado ser reducidas 25 años más tarde. De hecho, con Gallardón nos libramos de una buena gracias a que metieron en el cajón la reforma de la ley del aborto, esa que  obligaba a las mujeres a tener hijos con malformaciones o producto de una violación no denunciada “porque la maternidad hace libres a las mujeres”; parece un slogan de las rebajas. De haberse apurado  algo más, se habría podido abortar  en “Cuéntame” y en España no.

  • ¿Qué diferencia hay entre la Edad Media, con clases sociales que se dividían en súbditos y señores y la actual? Fácil: en la primera se mataba con la espada y en nuestros días basta un bolígrafo; y no me refiero a la punta, quiero decir que lamento profundamente el día en que en edad escolar, Rodrigo Rato aprendió a firmar.

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