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Begoña Arnaldes Alonso.

El verano aprieta con el calor, pero no tanto como septiembre. No poder llevar a la niña de vacaciones o comprar solo productos de marca blanca en el  supermercado es medianamente llevadero comparado con no poder adquirir en la farmacia una caja de Ibuprofeno para que le calme, de una vez por todas, ese maldito dolor de espalda que le aqueja a pesar de su edad, 35 años, por no decir que no a trabajos de horario abusivo y posturas forzadas. No tiene paro ni derecho a subsidio porque antes de separarse alternó la crianza de sus dos hijos “ayudando” en el bar de su expareja, lugar en el que “solo” hizo los pinchos del mediodía, limpiaba los baños o servía cafés en la hora de la siesta de su entonces marido.

Ni un año de cotización a la Seguridad Social, solo sacar el negocio  adelante para beneficio de la familia, o mejor dicho, en beneficio de su marido que se ahorraba pagar a una trabajadora. Esta mujer, que vive y paga con sus trabajos esporádicos un alquiler para sobrevivir con su hija de 14 años y su madre de 61, no solo ve afectada su salud física y mental por la ansiedad que le genera afrontar la crianza y sus problemas en soledad: septiembre aprieta más que agosto porque empieza el curso; se ve incapaz de afrontar las necesidades académicas de una niña en edad escolar que, además de libros, necesita ropa medios tecnológicos para afrontar el curso en un hogar en el que se llega a fin de mes a duras penas e Internet o una red de Wifi son lujos que no les facilita el departamento de Educación por su condición vulnerable.
La monomarentalidad es invisible porque ni siquiera es un término aceptado por la RAE. Hoy en día 8 de cada 10 hogares en los que solo hay un miembro y su prole están constituidos por mujeres, que en pleno declive económico hace 11 años perdieron sus trabajos. Y sinónimo de vulnerabilidad, puesto que la infancia en estas familias supera en 12 puntos el índice de pobreza, según el informe “Más solas que nunca” de Save the Children. Sus hijos e hijas pertenecen a un sector sociodemográfico incrustado en la pobreza, tan invisible como la desigualdad, al ser la segunda generación que crecerá en estas condiciones; hablamos de pobreza estructural puesto que la falta de medios impedirá que desarrollen una carrera profesional a libre elección corriendo el riesgo de optar a trabajos poco cualificados o a tiempo parcial para contribuir a la economía familiar. Es la consecuencia de una política de recortes: la extrapolación de las clases sociales en la que las familias pudientes, como en la primera mitad del siglo pasado, podían costear los estudios de los más pequeños. La falta de gratuidad de libros o las subvenciones que refuerzan la escuela concertada se encaminan hacia ese objetivo.
Y las instituciones no dan respuesta a un problema creciente, ya son casi un millón quinientas mil familias las que se enfrentan a problemas como la falta de redes de apoyo cuando surgen problemas, especialmente relacionados con la conciliación laboral, debido a la carencia de infraestructuras de apoyo que empiezan por la gratuidad de las guarderías que les permita acceder a un mercado laboral tan hostil como lo ha sido siempre con las cargas familiares de las mujeres.
El reconocimiento de los cuidados y su aportación como fuerza de trabajo propia y mediante la crianza de futuras generaciones de cotizantes a la Seguridad Social es la gran tarea pendiente de un gobierno enfrentado al envejecimiento de la población. Más solas que nunca, más necesarias que nunca.

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