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En la noche de los muertos vivientes, la madre de Caperucita la Coja le habló tiernamente a su hija:

 “¡Escucha hija! nos han quitado la ayuda a la dependencia y la abuelita está sola en casa. Vete cojeando como puedas y llévale la cestita con comida, que ahora por rebuscar en la basura le multan”.

“Pero mamá,-respondió Caperucita compungida- se va a hacer de noche y me da miedo la oscuridad”.

“Hija, si no le llevas la cesta la abuelita no nos ayudará con su pensión y yo tengo que ir a buscar trabajo.  Vete por el bosque y aléjate del cementerio; ¡verás como llegas enseguida!”

 No sin cierto reparo, la niña obedeció a su madre. Cogió la cesta y se adentró en el bosque. La noche cayó, y  los aullidos inundaron el frío camino arbolado. Presa del terror, Caperucita la Coja arrastró su pierna lo más rápido que pudo,  pero era Halloween: los muertos vivientes empezaron a rodearla. Se acercaron lentamente y  Caperucita vio cómo la carne descompuesta caía a sus pies. Del cementerio de Valdemoro se movió la lápida de Alberto López Viejo y de Benjamín Martín Vasco, ambos alcaldes madrileños, Rodrigo Rato y Miguel Blesa mostraban sus cuerpos corruptos portando el primero una campana y el segundo una tarjeta negra;  un corrupto Ángel Acebes le cortó el paso.

“¿A dónde vas, querida niña? ¿Qué llevas en esa cesta?” Se encaró.

“Voy a casa de mi abuelita y le llevo comida”, respondió asustada.

“¡Trae la cesta!” le cortó arrebatándosela violentamente. Extrajo una botella de champán, jabugo y caviar Beluga. “¿qué clase de abuela es ésta, que come por encima de sus posibilidades? Bramó el corrupto. A los gritos de la niña acudió un podrido Iñaki Urdangarín que le retorció el cuello mientras los corruptos jaleaban por repartirse el Botín. En esto, el jaguar de Ana Mato conducido por José María Aznar se abalanzó sobre ellos y  dejó esparcidos los fragmentos de carne muerta. Los muertos se recompusieron y se encaminaron a casa de la abuelita, en busca del Botín.

La abuelita se encontraba en la cama cuando escuchó la puerta.

“¿Quién es?”Preguntó

“Soy tu nieta. Traigo el Moët& Chandon y algo para la cena”. 

La puerta se abrió y por ella entró un moribundo  Paco Granados.

 “¡Rescátame del Infra-MUNDO y devuélveme al lugar que me corresponde!”Exigió ocultando su rostro.

Sin que le temblara la mano, la sexagenaria abuelita sacó de la manga una foto de  Rouco Varela, Alberto Ruíz-Gallardón, Jiménez Losantos y el pequeño Nicolás, a cuya visión se desintegraron tanto Paco Granados como los que venían detrás. “No les conocemos de nadaaaa!” aullaban.

Cuando la Policía judicial le tomó declaración, la abuelita clamó: “Ignoro qué querían de una sexagenaria como yo  todos esos corruptos. Pido perdón a todos los ciudadanos porque los cadáveres humanos  vinieron a mí atraídos por mi tren de vida. Siento una profunda vergüenza y pido disculpas por escudarme en una ideología que permite que las estanterías de Cáritas están vacías y los bancos suizos llenos”.

 Moraleja: Las abuelas de verdad no necesitan asesinos con escopeta ni mafias que las rescaten: forman partidos políticos y sobreviven gracias al victimismo y a la oligarquía caciquil.

 

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